Cuando todo viene del revés

Para ganar un Mundial hace falta que se junten todas las estrellas, y no solo las futbolísticas, también las del deseo, las de la fortuna, la del temperamento. Donde antes teníamos la personalidad de Puyol, el vacío; en la portería, donde siempre se nos apareció el santo, surgieron todos los demonios; donde veíamos a los dos mejores centrales del mundo, se atisbó un agujero negro; donde veíamos dos flechas, no encontramos ni dos escudos; donde antes había toque y claridad, ahora había nervios e imprecisiones y donde soñamos con un 9 rompedor con un nuevo horizonte, morimos en la duda de cuál era nuestro estilo. Falló lo físico, pero también lo químico, el hambre de victoria y la tensión acumulada por los jugadores en una temporada agotadora en lo anímico. Seguramente, demasiados futbolistas pensando a la vez en su futuro. Tampoco desde el banquillo se encontraron soluciones y ahora, en este país cainita, es normal que se abran todos los debates sucesorios, cuando aún está la herida abierta. Ya habrá tiempo de analizar, con perspectiva, lo ocurrido. Es indemostrable lo que habría pasado con otros futbolistas en esta cita brasileña. La buena noticia es que llega apretando otra gran camada con los Thiago, Isco, Jesé, Deulofeu, Morata… En cualquier caso, gratitud eterna a esta generación, que nos ha dado en seis años lo que otras selecciones no lograrán en toda su historia o tardarán medio siglo, más o menos. La admiración es mutable, pero no el respeto.  Soy lo suficientemente mayor para recordar la travesía del desierto, batacazos como el de ayer, Mundial tras Mundial, sufrir jirón a jirón lo que era ver un partido de España, cuando aún no era ‘La Roja’.  La mejor España de nuestra vida cayó como las peores España de nuestra historia. Es verdad que esta generación no merecía un final así.   Autor: IÑAKI CANO  @ICano7